Revista Mercurio #223 «¿Evolución?»

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Lo más fácil, para las mentes no científicas, es asimilar evolución en términos de avance. Pero evolucionar no necesariamente va ligado a mejorar; sí está relacionado con cambio o transformación, aunque no tiene por qué ser a mejor. Al pensar que nuestra especie parte de la evolución del homo erectus desde hace quinientos mil años, reparamos en lo lejos que estamos, físicamente, de la forma de vida y aspecto animales, como un alivio (sobre todo por lo segundo, ya que lo obsesivo-narcisista es otro rasgo de nuestra evolución). Si trazáramos una línea recta simbólica entre pasado y futuro, por la que el ser humano avanzara, tendríamos que representar el desplazamiento a través de ella en zigzag. Cada cambio tiene un beneficio y un verdugo, al mismo tiempo. Cada avance supone un retroceso que se cuela por donde no queremos mirar o no interesa. ¿Es este el zigzag inevitable de nuestra evolución?

Pensemos en uno, ZIG, la transformación de las telecomunicaciones en este último siglo ha conseguido que la información circule por el mundo a una velocidad fulminante, que estemos informados al nanosegundo de cualquier hecho (demasiadas veces, banales). Si pasó —o no— la fiebre del oro, algunos sucumben a otra fiebre, la del big data: el factor tecnológico ha aportado una fluidez tal en la comunicación interpersonal desde cualquier punto del planeta que, ¡ZAG!, cada vez es más difícil retener privacidad y seguridad, somos más vulnerables, no sabemos el destino concreto de los datos que parecieran flotar sin dueños… Y, lo peor, hemos desaprendido a interactuar, conectar y empatizar en el entorno físico; estamos olvidando cultivar el contacto humano. Eso impacta seriamente en nuestros comportamientos y estados de ánimo, agravando las distancias que ya existían, haciéndolas insalvables. No solo las generacionales, sino las brechas de toda desigualdad: económica, social, ideológica. Tras lo digital, que se utiliza como escudo y evasión adictiva, igual se esconde el odio que el miedo paralizante. Personas que se radicalizan. Personas que desaparecen.
Siendo testigo de avances notables, también la sociedad global se ha visto afectada por desafíos y catástrofes como nunca antes. La citada desconexión, el manejo adecuado de la inteligencia artificial, la inequidad económica, la emergencia climática, los conflictos y las crisis humanitarias son solo algunos de los problemas que afrontamos. Todo tan concentrado que genera incertidumbre y necesidad de respuestas urgentes: cuántas alegres promesas de cambio nos está trayendo este siglo. El vértigo las ha respondido todas. Si se quiere avanzar en las próximas décadas, es necesario abordar estos temas de manera seria, encontrar soluciones efectivas y colectivas, desechar fórmulas viejas para adoptar otras que beneficien a todas las personas y no solo a un pequeño grupo privilegiado.
Las mujeres y los hombres avanzamos por la historia de la humanidad topándonos, una y otra vez, con múltiples preguntas. Evolución es responder a ellas; por cada una que respondamos, una nueva pregunta aparecerá. Las respuestas no son definitivas, pero sí transformadoras y, por eso, es oportuna la esperanza.

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