Mercurio #218 «Pasopalabro»

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Horda, la última novela de Ricardo Menéndez Salmón, nos propone una distopía. En ella las palabras han perdido su significado. El  poder lo detentan los niños, quienes instalan el silencio y promueven la imagen como única lealtad. Los libros y las palabras se castigan con la muerte. Sin que tenga nada parecido con Fahrenheit 451 ni con El planeta de los simios, lo cierto es que en esta distopía no tan improbable aparece un bonobo (o chimpancé pigmeo) como animal de compañía.

Dice el autor varias cosas relevantes al respecto. Denuncia “el uso inane, casi infantilizado, absolutamente gratuito, que le damos al lenguaje, y que tiene como peligro el convertirlo en anodino, intrascendente y manipulable por cualquiera que lo desee”. Recuerda “que las personas somos el recipiente donde también viajan las personas y si tú vacías una palabra de sentido estás vaciando a la persona que la usa”. Y, por último, advierte que “hay ciertas palabras que deberíamos pronunciar desde el respeto a lo que ha costado el derecho a usarlas”. Las comillas las extraemos de la entrevista reciente que la periodista Charo Ramos le hace al autor en Diario de Sevilla.

Podrían darnos horas, días de reflexión para comprender y asimilar lo dicho por uno de nuestros escritores favoritos. Pero no nos lo permite la inmediatez (o la inmediotez) en la que vivimos instalados con aparente contento. Hoy por hoy se piensa en alicorto igual que se escribe en alicorto. La comunicación de estilo raudo que hemos elegido nos lleva a valorar no la brevedad, sino su parodia. Los nuevos lenguajes han creado otros moldes y patrones. Si somos las palabras que nos definen, entonces  estaremos encantados de habernos convertido en frases cortas, en ideas condensadas, en palabras mutiladas, pero que resultan apropiadas y hasta suenan muy cuquis: finde, vacas (vacaciones), cerve, facu, ilu, pelu, porfi, etc.

Los emojis del móvil contienen toda la información de nuestras emociones. Nada que ver con antaño, cuando leer un rostro nos conmovía por lo que no atisbábamos a descifrar del todo. Dice Mar Abad, con razón que “la evolución del lenguaje también está en manos de la empresa que diseña los dispositivos en los que escribimos”.

En todo ámbito, influidos por la infame politización del lenguaje, estamos machacando, pervirtiendo y esterilizando el uso de las palabras. Todo o casi todo es pura imbecilidad idiomática, cursilería y chiste de género.

Decía Edmund de Waal, a propósito de su libro sobre la porcelana (El oro blanco), que le gustaba la poesía de Paul Celan, en la que el color blanco es su hilo conductor. Las palabras tienen para Celan un sentimiento físico. Esta idea, la fisicidad de las palabras, es lo que más le atraía a De Waal y era lo que, a su vez, le hacía construir su propio mundo, ya fuera a través de la escritura o de sus obras de porcelana, donde el blanco alcanza la corporeidad del enigma y la palabra puede explicarlo. ¿Qué emoji puede resumir esto?

Javier González-Cotta
Editor

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